Cuando las emociones le hablan a tu cuerpo ¿Qué le dicen?
Mi anécdota
Seguramente viviste alguna situación en la que sentiste una fuerte emoción de impotencia o frustración. Bueno, a mí también me ha pasado… acá te cuento mi experiencia.
Una mañana de invierno, de esas en las que el frío se hace sentir y preferirías quedarte en la cama un rato más, me levanté apurada para ir a trabajar. Eran las 7:15 de la mañana y tenía apenas quince minutos para llegar a la oficina.
Sin pausa me dirigí al auto. Al abrir el portón de mi casa, me encontré con un inmenso camión verde estacionado justo frente a la entrada, ocupando todo el ancho de mi garaje. Mis ojos se abrieron más que nunca a esa hora. Desconcertada, me quedé inmóvil por unos segundos.
El tiempo corría y yo no podía salir. Golpeé la puerta del camión, toqué la bocina de mi auto desesperadamente, pero no hubo respuesta. En pocos minutos, la molestia inicial empezó a transformarse en enojo y ansiedad. Sentía el cuerpo tenso, el rostro enrojecido, la respiración agitada.
Después de casi media hora de espera, con el enojo ya instalado en mi cuerpo, vi salir a un apacible hombre del camión que parecía algo dormido.
—¿No ve que hay un garaje? —le dije, furiosa—. ¿Por qué se estaciona acá?
—Disculpe, no me di cuenta —respondió—. Me quedé dormido.
Sin entrar en discusión, volví al garaje, saqué el auto y me fui a trabajar. Una hora después llegué todavía intranquila.
En el camino me preguntaba cómo había pasado de una leve molestia a una emoción de enojo en tan sólo unos minutos y por qué no había podido gestionarlo, si era una situación que no estaba bajo mi control.
La respuesta fue simple: sentí que un límite había sido transgredido. El límite de lo consensuado socialmente, de las reglas aceptadas en una comunidad que hacen posible la convivencia.
Y ese límite lo marcó mi enojo.
Entonces, ¿Qué es una emoción?
Las emociones son respuestas automáticas y temporales que nuestro cuerpo y mente generan ante estímulos internos o externos. Nos preparan para actuar y adaptarnos al entorno, ayudando a la supervivencia, la comunicación social y la toma de decisiones.
Son como un sistema de mensajería instantánea del cerebro: intensas y rápidas, porque su objetivo no es que permanezcas mucho tiempo en ellas, sino que reacciones ante lo que está ocurriendo.
Toda emoción tiene tres partes que suceden casi al mismo tiempo:
Lo que sentís en el cuerpo: nudo en el estómago, respiración acelerada, tensión muscular (componente fisiológico).
Lo que hacés: gestos, tono de voz, impulso de huir o enfrentar la situación (componente conductual).
Lo que pensás: la interpretación que le das a esa experiencia (componente cognitivo).
¿Para qué sirven las emociones?
Sirven para evaluar situaciones como el miedo ante un peligro o alegría ante algo que percibimos como bueno, y guiar nuestro comportamiento. Son necesarias para el bienestar, la conexión con otros y la resolución de conflictos.
El aprendizaje estará en comprender el mensaje que trae la emoción que sentimos y no quedar atrapados en ella más tiempo del necesario.
Comprendiendo mis emociones: el semáforo interno como sistema de información
Cada emoción es una alerta que señala un límite.
Así como un semáforo indica cuándo avanzar o detenerse, las emociones nos hablan a través de señales internas para explicarnos cómo nos sentimos y por qué lo vivimos así.
Solo hace falta tomarse un momento para escucharlas, indagar y comprender qué información nos están dando.
Si bien solemos hablar de emociones “buenas” o “malas”, son solo juicios. No existen emociones positivas o negativas en sí mismas: existen emociones que nos brindan información sobre cómo nos sentimos en relación a lo que nos pasa.
Un ejemplo claro es el enojo:
El enojo: una emoción que sirve para poner límites y señalar que algo no es aceptable, pero debe ser gestionada para no transformarse en agresión.
Conclusión: las emociones nos dan información necesaria para nuestras vidas, antes de intentar “controlarlas”, vale la pena detenernos a comprender qué vienen a mostrarnos.
Ejercicio Práctico:
La próxima vez que sientas una emoción intensa, probá esto:
- Detenete unos segundos.
- Preguntáte: ¿Qué límite se está tocando acá?
- Observá qué parte del cuerpo reacciona primero.
No se trata de cambiar la emoción, sino de escucharla antes de actuar.
Si te interesó el tema, te invito a continuar leyendo los próximos artículos.
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