Hombre mirándose al espejo y saludándose. Representa el proceso de autoconocimiento.

La clave está en el autoconocimiento

Todo cambio profundo necesita un primer paso. Un “darse cuenta” que algo no está funcionando o que nos movemos en círculos y debemos modificar algo para avanzar. Una vez identificado lo que no funciona, nos molesta o nos frena, es momento de comenzar con el proceso de cambio. Sin embargo, nada de esto será posible sin saber quienes somos realmente o si elegimos mentirnos a nosotros mismos.

Una tarde de charlas y anécdotas con mi hija, donde las risas iluminaban nuestras caras enrojecidas por la alegría, me sorprendió una frase que quedó resonando en mi memoria. ¿Sabías que siempre decís: “¡Pará un poquito!”? dijo sonriendo. Yo la miré y le dije automáticamente: “Nada que ver, yo no digo eso”. Ella sonrió de nuevo y afirmó: “Si, siempre lo decís, pero parece que no te dás cuenta. Además repetís varias frases, al final de una explicación terminás con: “¿… se entiende?” o decís “cada uno interpreta lo que quiere según su historia” (hablando de los mensajes por whatsapp). En ese instante, una luz atravesó mi mente. De repente, me vi en muchas situaciones hablando tal como mi hija lo había señalado. Hasta ese momento no había sido consciente de lo que decía, cómo lo decía o por qué usaba esas palabras.

Luego de unas horas, continuaba reflexionando. Algo que parecía  insignificante me había llevado a la autoindagación: ¿hasta qué punto somos conscientes de lo que decimos y de si eso que decimos, es realmente nuestro o lo copiamos de otras personas? Me pregunté si aquellas frases eran mías, si yo las hubiera elegido para expresarme intencionalmente o si las había tomado prestadas de alguien, y si ese era el caso, de quién.

Esa tarde fue de pura indagación.

Días después, esas preguntas y otras, seguían dando vueltas en mi cabeza. Entonces, si había copiado palabras qué sentía que no eran mías, también podría haber copiado acciones, creencias, historias, pensamientos de mi familia, maestros o vecinos. Y ella me lo había “puesto en transparencia” (término usado en coaching para señalar cuando algo se vuelve consciente aunque siempre estuvo ahí).

Entonces ¿qué era mío y qué no? 

Al día siguiente, continuando con mi hilo reflexivo, indagué: Si no me dí cuenta de las frases que decía y si seguramente, copié formas de actuar o pensar de otros, ¿cuánto me conozco realmente? Y más aún, ¿Me conozco de verdad o sólo creo conocerme?

Fueron preguntas profundas de las que surgieron respuestas más profundas y reveladoras. Imposibles de contestar sin poner un freno a la vida diaria y plantearse quiénes somos y quiénes queremos ser.

 Muchas veces la rutina, la cultura, nuestros hábitos inconscientes y un gran etcétera, nos ofrecen excusas como “no tengo tiempo” o “no sé por dónde comenzar”. Sin embargo, creo firmemente que la ardua tarea del autoconocimiento, exige valentía. No es para quien que no esté dispuesto a navegar en lo profundo de su ser.  No es para aquellos que quieran hacerse preguntas superficiales o respuestas rápidas. 

El conocerse implica revisar la propia infancia y revivir el pasado. Y por supuesto que no es tarea fácil ni simple. Por eso aparecen miles de excusas para evitarla. Pero es fundamental comprender que sin saber con qué cartas contamos para jugar en el juego de la vida, será muy difícil ganar. 

Averiguar quiénes somos, cuáles son nuestras debilidades y fortalezas,  nuestras luces y sombras nos permite crear un mapa real sobre nuestra identidad actual y a partir de ahí, podemos elegir transformar lo que queramos para construir el futuro deseado. 

Invitación

Si estás dispuesta/o a frenar y observarte honestamente, ya estás dando el primer paso. 

Hoy te propongo un pequeño ejercicio: anotá tres frases que repitas con frecuencia (o preguntále a un amigo o familiar cuáles son las frases qué escuchan regularmente de vos y anotálo). 

Luego analizá:

¿De quién son? ¿Te representan? ¿Las querés seguir manteniendo?

Ese es un buen comienzo para conocerte mejor.

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